CRONICAS ROMANAS (II)


 

 

                            LA CIUDAD DEL AGUA

 

A Roma le llaman la ciudad eterna, la ciudad de las colinas, pero para mi, es la ciudad del agua. Otros dirían que esa es Venecia, pero no, que esta es la ciudad encharcada, que es muy distinto.

El Tíber  o Tévere para los lugareños, es la columna vertebral de la ciudad. Todo gira alrededor de él. En lo que queda de la antigua Roma ya se nota que el río era el eje que tomaron los antiguos constructores del Imperio como referencia.

Pero en muchas ciudades eso ocurre. El río que lo atraviesa es la arteria de vida de la ciudad. Y Roma no es una excepción.

Lo que ya es excepcional es el culto al agua que en esa ciudad hacen. Costumbre romana y prolongada en el tiempo hasta nuestros días.

Por toda la ciudad hay fuentes. El murmullo del agua es constante y desgraciadamente, lo acalla el imposible ruido del tráfico romano.

 

Me llamó mucho la atención las fuentes públicas, que no disponían de grifos ni pulsadores. Manaban libremente, con el chorro de agua bravo, salpicando en la pileta y siendo un atractivo señuelo para apaciguar la sed del caminante.

Aquí, que tenemos el cerebro programado con el tema del ahorro del agua, por el machaqueo gubernamental, me pareció en un principio, un despilfarro ver tanta agua vertida y sin amo. Pero luego pensé, que así debe de ser, que el agua fluya de esa manera tan desenvuelta. Me dio una sensación de libertad. Esa alegría del caño cantarín despreocupado, gorgoteando su elemento.

 

Fuentes en Roma hay a patadas. Desde las mencionadas públicas, para el abrebaje ciudadano y otras, por el gusto de ver correr el agua.

 

Muchas de las casas del centro de Roma, tienen un patio interior, que se accede por un zaguán. Como una entrada antigua de carruajes. Al final de este pasaje, este se amplia en forma de patio o plaza recoleta, donde están los portales para subir a las viviendas. No suelen estar a la vista y hay que echarle algo de cara para asomarse y disfrutarlos. Pues casi todos estos patios tienen su fuente.

Dependiendo del poder adquisitivo de los habitantes del edificio, estas tienen en mayor o menor medida, un trabajo de decoración.

Algunas, sólo son un caño que escupe a una pila de piedra, pero que esta, lamida por el musgo y los líquenes amarillos, adquiere una belleza añeja. Y siempre, suelen estar rodeadas de macetones de calas y otras plantas acuáticas.

Otras, son pequeñas obras de arte acuoso, que sólo están disponibles para los ojos de sus dueños.

Yo disfruté mucho de estas pequeñas muestras artísticas, tan ajenas a las miradas forasteros.

Y desde luego, están las fuentes con mayúsculas. Las que todo viajero visita cuando va a Roma.

Allí el agua se funde con la piedra y se hace un elemento solo, que artistas como Bernini o Salvi usaron para sus espectaculares fuentes.

 

Estar delante de la Fontana de Trevi, suele causar asombro por su espectacularidad y belleza. Te deja sin habla, la verdad. Que en una plaza tan pequeña aparezca esa magnificencia. La furia del agua, con los caballos emergiendo de la espuma y Neptuno dominándolos a ellos y con ello, a todo el reino del Agua. Un remate de lujo para un antiguo acueducto.

Gracias a la popularidad de una película, TRES MONEDAS EN LA FUENTE (Jean Negulesco – 1954), no hay turista que no las eche.

Dicen que la primera para volver, la segunda para encontrar el amor allí y la tercera para casarse con el amor encontrado en Roma.

Hoy sería catalogada esta costumbre, como una leyenda urbana, pues no hay nada de cierto en ello, al menos, no hay crónicas  de este uso y  lo más probable es que, como te descuides buscando las tres monedas en el bolso, algún carterista te birle la cartera y lo que encuentres sea una denuncia puesta en alguna comisaría de carabinieri.

 

Bernini también dedicó su talento al arte fontanal. ¡Y menudo arte! Pasar por la Piazza Navona y ver como este artista barroco resolvió el problema arquitectónico de convertir la base del obelisco egipcio, en una de las fuentes más bellas que existen, es de quitarse el sombrero. Contemplar la Fuente de los Cuatro Ríos, es una demostración de genialidad y esplendor. Y de mala leche, que también la tenía Don Gianlorenzo. Las figuras que representan los cuatro ríos, están todas evitando la mirada hacia la iglesia que justo enfrente, construyó Borromini, la de Sant’Agnese in Agone. Dos grandes enemigos que se odiaban. Como Bernini consideraba que el primero, era un chapuzas (que no lo era, pero eso es lo malo de vivir en un tiempo donde los genios salen como hongos tras una lluvia de septiembre), sus estatuas lo señalan con sus gestos, el inminente derrumbe de esta.  Este pique entre los dos arquitectos – escultores ha quedado reflejado en piedra para la posteridad. Y es que en el Barroco no se iban con soplapolleces.

         ¿Qué tú construyes una iglesia? – diría Bernini refiriéndose a Borromini– ¡Pues toma pedazo de fuente, so manazas!

 

Lo mismito que ocurrió entre Quevedo y Góngora, pero en vez de contarlo en sonetos, estos lo esculpieron en mármol.

 

 

Franqueando a este monumento hay otras dos, la de El Moro y la de Neptuno, obra de della Porta. Otras dos preciosas fuentes que en conjunto, hacen de esa plaza una de las más magníficas que yo conozco.

Recorrer Roma es recorrer sus fuentes. Y con ellas, todos los estilos artísticos importantes de la historia desde la época imperial.

No hay plaza o calle que no esté decorada con alguna de ellas.

También me parecieron preciosas la de El Tritón, en la vía del mismo nombre o la de la Plaza de España.

Pero lo realmente cautivador es ir descubriéndolas y admirarlas. Aparecen donde menos las esperas. Y son una alegría para la vista y para el espíritu. Es cuestión de suela y ánimo.

 

 

 

 

 

 

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