CUENTOS (III)


                             UNA MUJER ANÓNIMA

Creo que como mi abuela, en aquella época, las hubo a porrillo. Pero yo no conocí al resto, conocí a mi abuela.

La abuela Amparo nació señorita. Hija de un linotipista que tuvo imprenta propia y que luego tuvo que venderla por su mala cabeza y por sus escarceos en el juego y en las faldas, dejando a la familia como vulgarmente se dice, a dos velas. Sin embargo ella recordaba esa época, como la mejor de su vida. Vida regalada que sólo duró lo que duró su infancia.

Para terminar de arreglarlo, se enamoró y casó de un hombre diez años mayor que ella, empleado, de una de la primera multinacional que hubo en el país, dedicada a la fabricación de elementos eléctricos. Era lo que se llamaba entonces un viajante, con sueldo corto y a expensas de las ventas mensuales, por lo que, la abundancia nunca habitó en casa de la abuela.

Tuvo diez hijos, pero sólo sobrevivieron siete. Por ello y por las muertes que luego vinieron, recuerdo a la abuela siempre vestida de luto o de alivio de luto, que se decía antes. La única imagen que tengo de ella, envuelta con colores vivos y alegres es la de una foto que apareció en una caja de galletas oxidada. Aunque estaba tomada en color sepia, se intuía la blancura del vestido de organdí.

La abuela fue valiente y luchadora en los años de la Guerra Civil. Encarcelaron al abuelo en octubre, justo un mes después de dar a luz ella y con tres chiquillos más por delante. Ella sola se las ingenió para sacarlos adelante en los meses que duró el cautiverio. Trabajó en la Tabacalera, como liadora de cigarros, espigolaba las huertas vecinas, cuando el labrador recogía su cosecha, cosió y remendó miles de camisas y aún sacaba tiempo para ir cada día, al atardecer, a las Torres de Quart, donde el marido estaba preso y situarse en la acera que daba frente a la almena de la celda, para que él, pudiera ver a los hijos.

Tuvo que enfrentarse ella sola a un grupo de milicianos que fueron a hacer un registro nocturno a la casa, en busca de riquezas escondidas. Cuando la interrogaron sobre donde tenían guardada la fortuna, ella dijo:

         Este es mi patrimonio.

Y frente a los hombres armados, puso en fila a los hijos somnolientos y aterrados, sacados con rudeza de la cama. No volvieron a molestarla nunca más.

Tras la Guerra, llegaron más hijos y se las ingenió para sacarlos adelante en plena penuria de la época del racionamiento. Tenía genio y valor. Luego, los nietos se lo fuimos ablandando, pero siempre quedó en ella ese poso de luchadora infatigable.

Dejó como legado, la unión y cariño que fomentó entre sus hijos, siendo estos una piña. Y ese trabado afectivo ha llegado hasta nosotros, los nietos.

 Su única falta, dejar al abuelo viudo antes de tiempo, que la lloró mares de lágrimas hasta su último día en esta tierra.

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