MINICUENTOS DE NAVIDAD 2012


EN CLAVE DE SOL

 

Se le había acabado el subsidio desde hacía un par de meses. Con un agujero negro en su bolsillo, la Navidad que se aproximaba no tenía visos de ser la más feliz de su vida. Quería regalarle algo especial pero la economía doméstica estaba como el ambiente: helada.

Decidió que le echaría imaginación. Una llamita encendió su cerebro y creyó que ese sería un regalo especial.

En la Nochebuena se presentó con su regalo envuelto en un bonito papel de regalo azul con un lazo rojo.

–      Como sé de tu afición a los instrumentos musicales, creo que te gustará – le dijo mientras ella desembalaba el regalo.

En sus manos apareció una botella de anís vacía.  Ella le miró con la perplejidad en sus ojos, ¿qué significaba todo aquello?

–      Es de vidrio reciclado y está afinado en clave de sol – dijo él ilusionado – y el tenedor venía conjuntamente con el lote. Es de acero inoxidable. Verás con que delicadeza roza el cristal.

Diez minutos después se encontraba en la calle, con la certeza de que nunca entendería a las mujeres.

¡Desagradecida! Pues este año iba a cantar Los Campanilleros haciendo palmas, pensó lleno de rabia mientras pateaba una lata de refresco que se cruzó con él en la soledad de noche.

 

MONTANDO EL BELEN

Hizo recuento de daños. Melchor se dirigía al Portal sobre un Tiranosaurio Rex. Su camello estaba extraviado desde hacía dos Navidades. La lavandera sacaba a la luz los lamparones de la camisa de su marido el leñador, con una sola mano, pues era manca desde que fue sacada de su embalaje. Encontró al pastor de gansos pegado sobre el musgo merced a un chicle de menta previamente masticado toda la mañana anterior y de este modo, disimulaba la cojera que le producía el tenerse derecho sobre una sola pierna.

Un anacrónico helicóptero estaba posado sobre el palacio de Herodes y todas las montañas acorchadas lucían un manto blanco de peta zetas. El madelman ataviado de submarinista ganaba a nado la orilla derecha del rio donde estaba el gallinero y la alfarería. Y  frente a la posada, una Harley Davidson en miniatura y mal aparcada, no dejaba pasar a un rebaño de ovejas que buscaban el aprisco.

–      ¿A que está bonito, mamá? – le preguntó su hijo menor con una sonrisa de oreja a oreja.

–      ¡Precioso! – dijo la mujer sin valor para reñir a sus dos pequeños.

Este año tendrían un belén que marcaría tendencia por su eclecticismo.

EL PORTAL

Cuando empujó la puerta del cajero automático, esta se abrió con facilidad. Hacía ya un largo rato que el líquido amniótico abandonaba su cuerpo como una catarata y a medida que este aumentaba su flujo, el susto que aparecía en la cara de él, se incrementaba con el mismo gradiente.

Logró acomodarla con unos cartones y unas mantas que llevaba en el carrito.

–      Salgo a buscar ayuda, mi vida- le dijo mientras acariciaba su mejilla- Aguanta.

Ella trató de sonreírle pero su mueca amable se convirtió en una mueca de dolor al coincidir con una contracción.

Era de madrugada. No tenía un duro en el bolsillo. Esa mañana los habían despachado de la pensión por no poder hacer frente a la factura con que el hostelero les hostigaba. El corazón de este no se ablandó ni con el hecho de que la mujer podía ponerse de parto en cualquier momento. No quería líos.

El hombre recorrió las calles con paso acelerado pero las aceras se mostraban huérfanas de viandantes. Una de las calles terminaba en una recoleta placeta donde unos muchachos andaban de botellón.

Respiró más aliviado. Alguien le ayudaría.

–      Tío, que flipe ¿no? – dijo uno de los chicos tras oírle relatar su angustioso problema. Llamamos a la ambulancia ya, no te preocupes ¿Y donde dices que está?

–      Un cajero, tiene una estrella encima de la puerta. Está dos calles más allá – contestó señalando la dirección por donde había venido.

–      Será de La Caixa – dijo otro de los bebedores ocasionales.

–      Vamos todos para allá – propuso un tercero.

El inminente padre se subió a un Golf tuneado que vomitaba por los múltiples altavoces que escondía por su interior, una música de rap con los suficientes decibelios para hacer estallar algún tímpano.

–      Manda un whatsapp a los colegas – dijo el conductor del estridente vehículo – y diles que vayan para allí.

La cabeza del pequeño asomaba por entre las piernas de la mujer. Ya no había marcha atrás, llegaría a este mundo en pocos minutos.

Todos se fueron amontonando en la entrada de la sucursal. Uno de los chicos, que acababa de matricularse ese año en Medicina, se lavó las manos con el culo de Ron Cacique que quedaba en la botella. También le dio un trago a la madre que sudaba y gritaba con la misma paridad.

–      Un poquito más- le animó el muchacho – Empuja un poquito más, ya lo tengo casi en mis manos. Lo estás haciendo muy bien.

Un llanto infantil de vida y miedo cuarteó el silencio que se hizo en todo el grupo cuando el niño dio su primera bocanada de aire. Una lluvia de aplausos rompió la tensión que todos habían pasado los minutos anteriores al oírlo. Parecía un chico sano. Justo en ese momento llegaba la ambulancia. Entre todos los presentes recogieron los diez euros que les iba a costar el viaje en ambulancia hasta el hospital más cercano a los neófitos padres. Sobró incluso para que pudieran comprarle los primeros pañales.

Un milagro de Navidad que sucedió en pleno mes de Agosto.

EL ABETO DONDE NUNCA ANIDARON LOS PÁJAROS

Nunca supo a qué sabía la lluvia. Desde pequeñito había crecido embutido en una maceta de plástico que cambiaban cada cierto tiempo, cuando sus raíces asomaban por los agujeros y buscaba tierra nueva en la que expandirse. A medida que se hacía más grande, pensaba que  estaba más cerca el momento en que sería trasplantado al bosque. Eso contaban todos sus hermanos cuando se hacía de noche y entre ellos hablaban sobre lo que sería su futuro. Alineados como soldaditos verdes debajo del invernadero.

Unos anhelaban en crecer amplios y majestuosos en algún jardín de un personaje principal.

–      Siempre tendremos agua y abono a nuestro alcance – decían – y nunca sabremos lo que es una sequía.

Pero nuestro pimpollo no quería acabar en algún parque o decorando un parterre. Soñaba que sería parte de un bosque con musgo suave donde afianzar su tronco y que amarillentos líquenes labrarían su corteza. Y algún día, sus ramas cobijarían a cientos de pájaros que harían en ellas sus nidos. Se mecería con el dulce viento del oeste, que le traería el sabor del mar y en invierno, se vestiría con una capa de nieve y le daría un aspecto fantasmagórico.

Una mañana, varios hombres entraron en el invernadero y fueron cargándolos a él y a sus hermanos en un gran camión. No sabían a donde iban a ir, pero él deseaba con todas sus fuerzas que la hora de que lo trasplantaran al bosque hubiera llegado.

Durante varias horas estuvieron viajando dentro del oscuro tráiler  hasta que el chirrido metálico de la puerta anunció que habían llegado a su destino.

No debía estar aún en el monte, pensó. Tanto a él como a sus hermanos los fueron dejando en algo que parecía una casita hecha con un toldo, al aire libre. Los seleccionaron por tamaños y un hombre se acercó con una regadera y los regó. Otros humanos vinieron. También los humanos tenían diferentes tamaños. Unos eran grandes, como los que había visto en el invernadero y otros eran más bajitos y pequeñitos. También sus “ramas” eran más cortas.

Vio como muchos de sus hermanos partían con esos desconocidos, pero no sabía cual sería el destino. Así fue pasando la mañana y la tarde y casi al caer la noche, un hombre que llevaba a sus dos pimpollitos de la mano, se le acercaron. Empezaron a acariciarle las acículas y uno de ellos le dijo al más mayor:

–      Este es muy bonito, papá. Vamos a llevárnoslo.

Nuestro abeto, alarmado, vio como metían su maceta en una gran bolsa de plástico. <<Para que no gotee>>, oyó decir a alguien. Luego, lo tumbaron y lo metieron en una caja con cristales y ruedas. Al colocarlo, le dañaron una de sus ramas con algo que parecía una cinta negra y elástica. Estaba asustado. Muy asustado.

Lo pusieron en una estancia grande, donde desde unos grandes ventanales podía ver a unas montañas altas y de color violáceo que lo saludaban. Los dos humanos pequeños empezaron a ponerle por encima cosas muy raras. Unas bolas de colores que brillaban, unas largas orlas doradas que tenían como flecos y que le hacía cosquillas. Y al final de todo, le colocaron una especie de sombrero que tenía rayos de luces.

Se veía ridículo vestido de esa forma, tenía mucho calor y sed. Y se sentía muy solo.

Fueron pasando los días. Se encontraba triste, sus ramas se volvían más lánguidas y débiles, mientras que por el contrario, los humanos que a su alrededor vivían parecían estar contentos, en especial los más pequeños cuando una de las noches armaron un guirigay tremendo mientras desenvolvían  unos paquetes atados con lazos colorados.

Llegó una mañana y todas las finas hojas del abeto cubrían el suelo del comedor. Sólo era un esqueleto vegetal todavía decorado para Navidad.

–      Llamaré al servicio de limpieza municipal para que lo retiren – comentó la madre – y mientras, vamos a ir guardando los adornos para el año que viene.

Llegó un camión que cargó el cadáver de la conífera y lo trasladó hasta el depósito de compostaje. Junto a otros de sus congéneres, sus troncos fueron triturados y convertidos en mantillo.

La siguiente primavera, los forestales tenían previsto realizar una siembra masiva de pequeños abetos en una de las laderas que debían replantar. Y pidieron a los jardineros del municipio parte del mantillo para que las jóvenes plantitas pudieran crecer y enraizar de forma rápida  y sana. En uno de esos sacos, iba nuestro abeto. Al fin estaría en el monte y aunque sus ramas jamás albergarían pájaros cantores, sí que gracias a su esencia, otras ramas serían lo suficientemente fuertes y poderosas para que las aves anidaran en ellas.

EL GORDO

Revisó todos los décimos y las papeletas en el listado una y otra vez. No se lo creía ¡Le había tocado! El 7563 destacaba sobre el resto del maremágnum de cifras.  Se quedó estupefacto. No sabía si reír o si llorar. En un segundo le pasó por la imaginación la manera de cómo le iba a cambiar la vida. Se acabaron las mansiones de lujo, los coches deportivos, los restaurantes de innumerables tenedores y la pléyade de criados y asistentes que cada día le servían en cada uno de sus caprichos y deseos.

A partir de hoy sería mileurista, con una hipoteca a cuarenta años que pagar, conduciría un coche de segunda mano al que le fallaba el carburador y los domingos iría a comer pollo asado con ensalada a casa de los suegros.

Solo a una mente tan maligna  como la de Lucifer podía habérsele ocurrido meterse a lotero y organizar el primer sorteo extraordinario de vidas por Navidad. Lo peor de todo, es que el veinte por ciento del premio, no lo iba a cobrar todavía el Estado ¡Pedazo de demonio cabronazo!

 

 

UNA NOCHEBUENA PERFECTA

La mejor Nochebuena de su vida. Ahora, en la oscuridad del salón y en el silencio reparador, mientras sorbía una taza de té, pensaba que efectivamente había sido la mejor Nochebuena desde hacía años. La cena resultó opípara, el asado en su punto, el marisco fresco y delicioso. No se le saltó ningún empaste cuando mordió el trozo de turrón de Alicante. Tampoco bajo el árbol le habían dejado los archiconocidos seis pares de calcetines de oferta. Los chicos se habían comportado en la mesa y lo mejor de todo, de lo que más orgulloso se sentía en esa noche mágica, es que se atrevió a reunir las fuerzas suficientes y  mandar a hacer puñetas de una vez por todas al prepotente y cursi  de su cuñado Agustín.

LA ÚLTIMA UVA

Con la última campanada concluía el plazo que a sí mismo se había otorgado. Estaba decidido a que las cosas cambiaran de verdad.  Mientras que aún sentía el gusto dulzón del mosto de un grano de aledo, tomó la maleta buscando el andén que le llevara muy lejos de su ciudad.

La megafonía de la voz inerte de una grabación que anunciaba vías y horarios se entremezclaba con el griterío de la muchedumbre que abarrotaba las calles celebrando la llegada del año nuevo.

<<Tren con destino a Montpellier, vía 7>>, resonó en el amplio hall de la estación. Tan solo acudió a despedirle el olvido. Nadie más tuvo el valor de acompañarle en aquella hora.

Treinta años atrás había dejado inconclusa una historia que se trastabilló por las circunstancias y hasta entonces no había reunido el suficiente valor para continuarla. La historia que le hubiera conducido a la felicidad. Todo lo sentía tan vano…

La última campanada había sonado ya hacía un rato y el nuevo año balbuceaba sus primero minutos. Tocó de nuevo la arrugada carta que anidaba en su bolsillo. Las dobleces señalaban las veces que la había leído. Tan solo ponía una palabra: <<Ven>>

Dejó sus bártulos acomodados en el portaequipajes y se arrellanó en su asiento. Un año recién estrenado que le traía una nueva vida envuelta para regalo en las hojas de tres décadas de almanaques.

 

 

 

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4 respuestas a MINICUENTOS DE NAVIDAD 2012

  1. Los siete me han encantado, Lola. ¡Enhorabuena, señora escritora!

  2. Julia Z. dijo:

    Todos sin excepción me han encantado, pero el del árbol me ha emocionado especialmente.
    Un abrazo y Feliz año nuevo.

    Besos.

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