SALTIMBANQUIS Y SEMAFOROS


SALTIMBANQUIS Y SEMÁFOROS

Desde hace varias décadas que, los semáforos se han convertido en un lugar de cita obligada para aquellos que buscan ganarse una perrillas ofreciéndote alguna baratija, apelando a la caridad o simplemente exhibiendo alguna deformidad que enturbie el ánimo y ablande el monedero.

Recuerdo hace unos años que en mi ciudad, Valencia, era fácil encontrar en cada una de estas señales de tráfico, algún individuo que te ofrecía el paquete de pañuelos de papel por el módico precio de veinte duros. Con la llegada del euro, ni que decir que el precio se redondeó al alza y se incrementó en más de un 60%. Raro era el semáforo que no tuviera bajo sus luces tricolores cobijado algún vendedor de este tipo y de hecho , se dio el caso de amagos de peleas entre los comerciantes de la celulosa por obtener el mejor puesto.

Parecía que toda la ciudad sufriera una epidemia masiva de sinusitis o que el moco fuese el invasor extraterrestre que había colonizado nuestras fosas nasales.
Si eres un incauto y parabas ante la luz roja con la ventanilla bajada, era muy alta la probabilidad de encontrar encima del salpicadero medio bosque tropical en forma de lienzos doblados y empaquetados.

Esa fiebre se pasó y debido a la alta competitividad y que la ciudadanía tenía las vías respiratorias más que relimpias, a algún listo se le ocurrió ofrecer otro tipo de servicio: el de limpiaparabrisas.

No sé si fue peor el remedio que la enfermedad. Como te pillara el Míster Proper de turno, lo llevabas claro.
Si parabas estabas perdida. Como una plaga de langosta se tiraban contra el parabrisas, con una bayeta en ristre y un cubo de agua, que debía ser clara al inicio de la mañana. Por mucho que dijeras ¡no,no!, ya tenía todo el cristal pringado con la porquería del coche que hacía cinco minutos había pasado por el mismo sitio y también había tenido la mala suerte de pararse.
Te pasaban el trapo por toda la superficie cristalina y cuando ya no veías ni torta, pues el parabrisas tenía un dedo de posos opacos que no te dejaban ver ni tres milímetros delante tuyo, era entonces cuando el semáforo cambiaba a verde, el de atrás tocaba la bocina, el limpiacristales espontáneo te metía la mano por la ventanilla esperando la propina y tú te acordabas del inventor del Cristasol.
También esta moda pasó a mejor vida. Esporádicamente, el nicho laboral semaforil, como diría un economista cursi, ha sido ocupado por otro tipo de actividades comerciales: vendedores de ambientadores con aroma a pino, traficantes de ramitas de romero bendecido con la buenaventura, mercaderes de tabaco de contrabando y con esto de la crisis, hasta algún inmigrante ejerciendo del top semáforo, ofreciendo la más variada videoteca pirata con los títulos de actualidad.

Y llegó el circo.
Desde hace unas semanas que, en ciertos cruces concurridos de la capital encuentras a jóvenes vestidos de andrajosos, con las rastas tiesas por no conocer estas el agua desde hace muchas lunas y que se dedican a los juegos malabares con los más variados objetos.
El primer día que vi tal espectáculo, debo de reconocer que me pilló por sorpresa. Estaba parada dos o tres filas detrás del paso de cebra, con varios vehículo delante que me tapaban la visión y sólo distinguía varias pelotas que rodaban por el aire. Me quedé intrigada ¿De qué puñetas se trataba? La solución al enigma tardó en llegar unos treinta segundos cuando de rojo pasó a verde la luz de la señal y casi me llevo por delante, a un muchacho con mallas rotas, jubón con lamparones, aros variados traspasándole las aletas nasales y una chistera que debió tener mejor vida allá por los años 80 pero del siglo XIX.

He vuelto a encontrarlos de nuevo en las siguientes semanas. Pero hay uno muy peligroso. Y desde aquí advierto a los lectores, por si tenéis la desgracia de tropezaros con él.

Que hagan juego malabares con pelotitas de goma, vale. Que los hagan con aros de gimnasia rítmica, tira. Pero hay uno peligrosísimo. Uno que se cree profesional y sin encomendarse ni a Dios ni al Diablo, se dedica a los malabares con bolos. Lo que leen, bolos de bolera.
En cuanto el semáforo se tiñe de rojo, sale él con sus adminículos pseudocirquenses y los lanza hacia el cielo con la pretensión de realizar las proezas cirquenses.
En los treinta segundos que el semáforo está teñido de colorado, pueden caérsele al suelo cuatro o cinco veces, rebotando estos en el asfalto, lo que da una idea del peso que tienen.

Ya lo he visto varias veces al pollo con los bolos en ristre. En cuanto sale a escena, de manera intuitiva, los conductores echamos marcha atrás, o bien, abrimos la guantera para cerciorarnos que tenemos el seguro del coche vigente y que este incluye la rotura de lunas.
Esos treinta segundos de espera se hacen eternos. En el cruce que he citado, se puede ver en el suelo las marcas de las gomas de los neumáticos por los acelerones que dan en cuanto se pone en verde. La huida es masiva.
Y lo peor es que debe estar convencido de su virtuosismo en estas lides. No se amilana por las malas críticas que recibe, unos acordándose de su señora madre y otros del padre que lo fundó.
Y digo yo, si uno va a hacer el canelo, al menos que lo haga con una mínima dignidad y profesionalidad. Porque está visto que este es un país de chapuzas. Hasta en lo lúdico low cost.

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